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Justicia Social y Salud Mental: Un Vínculo Ineludible para una Sociedad Saludable

  • Foto del escritor: Dra. Patricia Mena
    Dra. Patricia Mena
  • 13 dic 2025
  • 4 Min. de lectura

La salud mental es un componente esencial del bienestar humano, pero su cuidado no puede separarse de las condiciones sociales en las que vivimos. La justicia social, que busca garantizar equidad, derechos y oportunidades para todas las personas, está directamente vinculada con el estado emocional y psicológico de la población. Las desigualdades económicas, la discriminación, la exclusión social y la falta de acceso a servicios de salud generan un impacto profundo en la salud mental, aumentando la vulnerabilidad de quienes enfrentan estas barreras.



Comprender esta relación es fundamental para diseñar políticas y programas que promuevan tanto el bienestar psicológico como la equidad social. Una sociedad que invierte en justicia social no solo reduce las brechas y desigualdades, sino que también fortalece la resiliencia emocional de sus ciudadanos, creando comunidades más saludables, inclusivas y sostenibles.


1. La salud mental como desafío global y su dimensión cuantitativa


La salud mental se ha convertido en uno de los desafíos más significativos a nivel mundial: según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de mil millones de personas padecen trastornos de salud mental, como ansiedad o depresión, afectando a todas las edades y regiones del mundo. Estos trastornos representan la segunda causa de discapacidad prolongada, con enormes costos humanos, sociales y económicos que impactan tanto a individuos como a comunidades enteras.


Sin embargo, la inversión en salud mental sigue siendo insuficiente: el gasto público global dedicado a este ámbito representa apenas alrededor del 2 % del presupuesto total de salud, con marcadas desigualdades entre países de altos ingresos (USD 65 por persona) y aquellos de bajos ingresos (USD 0,04). Esta brecha pone de manifiesto la urgencia de políticas públicas que reconozcan la salud mental como un derecho fundamental y no como un lujo accesible solo para quienes tienen recursos.


2. Desigualdades socioeconómicas y su impacto directo en la salud mental


Las condiciones sociales y económicas moldean de manera profunda los riesgos y resultados en salud mental. Las personas con empleo estable, acceso a educación y vivienda segura tienden a experimentar mejores niveles de bienestar psicológico, mientras que la desocupación, precariedad y exclusión social elevan significativamente la probabilidad de padecer trastornos mentales. Estudios muestran que la prevalencia de trastornos psiquiátricos es considerablemente mayor entre quienes están desempleados que entre quienes tienen empleo formal, evidenciando que el estatus socioeconómico es un determinante central de la salud mental.


Estas desigualdades se intensifican en contextos donde la pobreza y la exclusión estructural agravan el estrés crónico, la ansiedad y otros problemas emocionales. En España, por ejemplo, un informe reciente refleja altos niveles de exclusión social en ciertas ciudades, donde factores como el acceso a vivienda o empleo tienen un efecto directo en el bienestar físico y mental de las personas más vulnerables.


3. Disparidades raciales, étnicas y de género en salud mental


La justicia social también exige reconocer que las desigualdades no son solo económicas, sino también estructurales. En países como Estados Unidos, las disparidades raciales y étnicas se traducen en un acceso desigual a servicios de atención de salud mental: aproximadamente uno de cada cinco adultos padece una enfermedad mental cada año, pero las minorías raciales tienden a utilizar menos servicios de salud mental y enfrentan una persistencia más larga de los problemas frente a otros grupos.


Además, datos recientes de diversos países señalan que las condiciones de salud mental afectan de manera desproporcionada a mujeres y jóvenes, mostrando patrones que reflejan desigualdades sociales más amplias. Por ejemplo, en varios países de América Latina, la proporción de mujeres afectadas por depresión supera ampliamente la de hombres, con más de tres de cada cuatro casos diagnosticados en algunos contextos reportados en Perú.


4. Crisis de salud mental entre jóvenes: un reflejo de inequidades sociales


Los jóvenes son uno de los grupos más afectados por la crisis de salud mental contemporánea. En Inglaterra, encuestas recientes muestran que más de uno de cada cuatro jóvenes (25,8 %) entre 16 y 24 años presenta una condición de salud mental común, cifra que ha aumentado considerablemente en la última década y se asocia con factores como inseguridad económica, presiones sociales y cambios tecnológicos.


En España, por su parte, casi el 60 % de los jóvenes ha experimentado problemas psicológicos en el último año, con un aumento sustancial de quienes los padecen con frecuencia en comparación con años anteriores. Estas cifras reflejan cómo las brechas en oportunidades educativas, laborales y de apoyo social impactan directamente el estado emocional de las nuevas generaciones.


5. Justicia social como agenda de política pública para la salud mental


La justicia social exige que los gobiernos y las sociedades implementen políticas que garanticen el acceso equitativo a la atención de salud mental, la protección de derechos humanos y la eliminación de barreras estructurales. Esto incluye invertir en sistemas de salud mental, integrar estos servicios en la atención primaria y asegurar que todos los grupos poblacionales, especialmente los más vulnerables reciban apoyo adecuado.


Un enfoque basado en justicia social también implica educación comunitaria para reducir el estigma, promover entornos laborales y escolares que favorezcan el bienestar psicológico, y adoptar medidas de prevención temprana. Solo a través de estrategias integrales que combinen políticas públicas, inversión social y participación ciudadana se podrá avanzar hacia un sistema que respete y proteja la salud mental de todas las personas, sin importar su origen o condición social.


Conclusión


La salud mental y la justicia social están profundamente entrelazadas: no es posible garantizar el bienestar psicológico de las personas sin abordar las desigualdades económicas, sociales y culturales que afectan sus vidas. La evidencia demuestra que la pobreza, la discriminación, la exclusión y la falta de acceso a servicios de salud mental elevan significativamente el riesgo de trastornos emocionales y psicológicos, afectando a individuos y comunidades enteras.


Promover la justicia social no es solo un imperativo ético, sino una estrategia clave para mejorar la salud mental colectiva. Invertir en políticas públicas inclusivas, en acceso equitativo a servicios de salud y en entornos que favorezcan el bienestar emocional fortalece la resiliencia de la sociedad en su conjunto. En última instancia, una sociedad más justa es también una sociedad más saludable, capaz de proteger y potenciar el bienestar mental de todos sus ciudadanos.

 
 
 

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